Fantasymundo: “Muy buenas horas de acción y entretenimiento”

Fantasymundo

Os dejo aquí otra reseña que ha aparecido recientemente sobre la novela, esta vez en la web Fantasymundo. El reseñador, Alberto Muñoz, ha captado muy bien la apuesta por la novela de aventuras de siempre y el entretenimiento.

Los últimos días del Imperio Celeste, de David Yagüe, o la tradición del clasicismo aventurero

Esta novela os proporcionará unas muy buenas horas de acción y entretenimiento.

En el año 1900 la política colonialista de las grandes potencias occidentales (y de Japón) tenía un nombre propio: China. La dinastía Qing que gobernaba todo bajo el cielo en ese momento había sido derrotada en las recientes Guerras del Opio y obligada a firmar una serie de beneficiosos tratados desiguales que concedían importantes beneficios comerciales a los occidentales y abrían las puertas a la difusión de la fe cristiana en China. En otras palabras, una bomba de relojería estaba a punto de estallar bajo la mesa de los embajadores de Gran Bretaña, el Imperio Alemán, Francia, Rusia, EEUU, Italia e incluso España (sin olvidarnos del nuevo Japón) , mientras se discutía qué porción del extensísimo pastel se iban a llevar a la boca.

David Yagüe Cayero (Madrid, 1982) periodista y consultor de comunicación que trabaja actualmente para el diario 20 Minutos nos transporta (tras su primera novela “Bravo Tango siete. El contratista” (2011)) a la poco conocida China de la dinastía Manchú con “Los últimos días del Imperio Celeste” (Roca editorial, disponible en FantasyTienda) en un momento clave para la apertura o el definitivo cierre del país a las potencias extranjeras.

Así pués, en las calles de Pekín, la sociedad secreta conocida entre los occidentales como los Boxers y entre los chinos como “los puños rectos y armoniosos” era la representación de la rabia del pueblo chino y el brazo armado de los nacionalistas más acérrimos de la corte. Sus acciones en contra de los intereses de las potencias se estaban recrudeciendo y habían escapado por completo del control de la Ciudad Prohibida, sede del gobierno de la emperatriz. Poco a poco ésta comenzaba a prestar oídos a la radicalidad encarnada en el príncipe Tuan, uno de sus consejeros favoritos que, de nuevo, pedía una acción armada contra los representantes de las potencias y los misioneros cristianos.

Con este caldo de cultivo avivándose a fuego lento comenzaba la película de 1963 “55 días en Pekín” dirigida por Nicholas Ray y protagonizada por Charlton Heston, David Niven y una elegantísima Ava Gardner, y en ese mismo punto se inicia la novela de David Yagüe que, como yo mismo, se confiesa fan incondicional del film producido por Samuel Bronston y rodado en España. Una de las consecuencias, a mi entender, de aquella película en el libro es el inicio paralelo de la acción y otra será, inevitablemente, que los acontecimientos vayan alejándose de aquella historia (incluso geográficamente) de manera que la narración no se solape a la de la conocida película.

La historia se inicia con el robo en un almacén de antigüedades propiedad de Paul Kelly, hijo de un importante comerciante británico, nacido en Asia pero fiel representante del colonialismo de segunda generación. Al parecer alguien ha intentado sustraer un objeto destinado al embajador estadounidense y su colega británico pide al propio Kelly que lo investigue. En una ciudad que se considera tierra de oportunidades el variopinto elenco de personajes foráneos siempre se multiplica, al estilo del salvaje oeste, por lo que pronto conoce a Ramón Álvarez, veterano pícaro superviviente de la guerra de Filipinas, y juntos se verán envueltos en la persecución de ese objeto del deseo que desafortunadamente los Boxers y los funcionarios imperiales también desean recuperar.

A pesar de todo no es esta una novela sobre el sitio del barrio de las legaciones sino que la las circunstancias llevarán a protagonistas y antagonistas hasta las cercanías de la ciudad de Taiyuan, lejos de Pekín pero ya en pleno levantamiento bóxer. Allí la variopinta y multinacional partida de la que forman parte Paul y Ramón se verá envuelta en su propio asedio y obligada a tomar decisiones inesperadas.

El aroma clásico de las aventuras decimonónicas impregna el ambiente de la historia y nos descubrimos esperando la inminente llegada de la revuelta Boxer, bajo el calor sofocante del barrio de las embajadas y con la certeza de un enemigo abrumadoramente superior en número, al estilo de las novelas de Haggar (“La guerra zulú”) o Salgari, para más tarde cabalgar por bosques y montañas huyendo de un enemigo que bien podrían ser los salvajes sioux de las praderas estadounidenses.

Resulta evidente que Yagüe homenajea sus lecturas de antaño; aquellas que por primera vez nos hicieron sentir que una vida poco sustanciosa puede derivar, sin apenas proponérnoslo, en una sucesión de acontecimientos extraordinarios que nos arrastran de nuestros cómodos sillones y nos obligan a enfrentarnos a nuestros miedos e ilusiones ocultas.

En cuanto a la estructura de la narración se utilizan capítulos muy cortos, o si se quiere divisiones muy rápidas de los puntos de vista que se nos muestran; eso da mayor rapidez a la acción y ayuda a componer una lectura muy visual, casi cinematográfica de lo que nos ocupa aunque quizá deriva, hasta cierto punto, en una menor profundidad de los personajes o en omisiones de información interna que probablemente el lector debería conocer.

En conjunto, lo que empezó como “55 días en Pekín” terminará por transportarnos a un “Centauros del desierto” en plena China pero sin John Wayne lo que en absoluto es un comentario desmerecedor ya que significa unas muy buenas horas de acción y entretenimiento.

La reseña original: Fantasymundo (09/04/2014)

 

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