La novela antihistórica: “El autor se merece un aplauso, una cerrada ovación”

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Hoy os dejo una reseña que, la verdad, me sorprendió por lo positiva y por la valoración que hace de las intenciones de la novela y su ambientación. La verdad, uno se queda sin palabras, pero feliz, cuando lee cosas como esta, que ha escrito Carlos Rilova Jericó en el blog La novela antihistórica. Gracias.

Quizás sea una exageración decir que los lectores españoles han tenido que esperar 55 años para que, al fin, se publicase una novela como la de David Yagüe.

Llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

O tal vez no. Si contamos bien desde que se realizó, en España, y se estrenó, la película que es la inmediata referencia de esa novela, la apabullante “55 días en Pekín”, casi son los años, 55, que han pasado desde que esa película, para asombro de propios y extraños, contaba en pleno Tardofranquismo que España -oh sorpresa- había estado metida en magnas aventuras internacionales como las que salían en las películas del Hollywood que algunos llaman de la “Era dorada” y de las que esa película, “55 días en Pekín”, es una buena muestra.

Pues sí, desde entonces todo ha sido -o casi- silencio sobre las escasas escenas de esa película en las que resulta que aparece una legación española en Pekín, con su bandera roguigualda, su himno y hasta un apócrifo embajador español que aconseja a David Niven -interpretando al embajador británico en Pekín- sobre lo que hay que hacer ante la inminente rebelión de los boxers.

Y si no ha habido silencio, ha habido toda clase de especulaciones acerca de la razón para que apareciesen tales cosas en un contexto tan extraño para ellas como una película de aventuras del Hollywood clásico.

Incluso que eso -lo de la bandera, el himno, el embajador español codeándose con los de otras potencias europeas- era sólo una concesión al país, España, que había puesto escenarios, estudios y mano de obra barata para que se rodase esa película ya mítica.

Hasta este año 2014 poco más sensato se ha dicho. Se ha escrito algún que otro artículo, se ha hecho mención al asunto en alguna tesis doctoral, incluso se ha escrito algún que otro relato -“En la ciudad imperial de Pekín (1900)”https://lacoleccionreding.wordpress.com/2012/10/18/se-puede-hacer-mejor-7/– que no ha salido del aún mal aceptado mundo digital.

Por lo demás, por lo que respecta al tema de España y la rebelión de los boxers, para el gran público, ese que consume cultura a través de las grandes superficies y siguiendo el dictado de las grandes empresas del sector, ese país no pintaba nada en el asunto y, sí, seguramente, lo que se veía en “55 días en Pekín” era sólo una fantasía urdida por los productores para halagar la vanidad del país -aquel país tan peculiar, aquella democracia orgánica que empezaba a saber lo que eran un bikini, los Beatles, los Ye-Yés, etc…- que les ofrecía marcos incomparables, estudios también más o menos incomparables y, sobre todo, mano de obra barata y costes muy reducidos gracias al diferencial entre su moneda y las divisas manejadas por Hollywood.

Así las cosas, ha habido que esperar a que un nacido en plena España de la Transición llegase a las puertas del gran negocio editorial español, llamase a ellas, se las abriesen en lugar de echarlo a patadas por la puerta de servicio y así perpetrase la hazaña, gran hazaña, de escribir una novela en la que, blanco sobre negro, se informa al gran público de que no, de que es absolutamente verídico, un hecho histórico comprobable, que España tenía una legación en el Pekín imperial de 1900, junto a la de Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos…, con su bandera, su embajador y todo lo demás que los boxers querían destruir.

Sólo por eso David Yagüe, el autor de la hazaña literaria en cuestión, titulada “Los últimos días del Imperio Celeste”, se merece un aplauso. Incluso una cerrada ovación.

Y, por supuesto, que los lectores se tomen como un deber comprar, leer y recomendar esa primera novela histórica de David Yagüe.

Más que nada porque, de momento, ese es un tesoro verdaderamente difícil de encontrar en el mercado literario español.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

En efecto, “Los últimos días del Imperio Celeste” ofrece de manera amena pero, en general, bien documentada, una información verdaderamente valiosa para unos lectores -los españoles- que -no nos engañemos- desconocen todo sobre un episodio apasionante de su Historia reciente que, en efecto, está a la altura de cualquier cosa que nos pueda contar Hollywood.

Las aventuras de Ramón Álvarez, el protagonista de “Los últimos días del Imperio Celeste” en la caliente China de la primavera y el verano del año 1900, son perfectamente razonables y plausibles. Tanto como lo pueden ser las de cualquier protagonista de una novela anglosajona de las que, hasta la fecha, han tenido colonizado nuestro mercado cultural.

Como descubrirán enseguida los lectores que se aproximen a esta primera -y esperemos que no última- novela histórica de David Yagüe, se trata de un personaje bastante redondo: un niño de buena familia madrileña, del Madrid de Pérez-Galdós que Yagüe tiene la intuición, el buen sentido, de describir, aunque sea con unas leves pinceladas, como una realidad que trasciende a los tópicos literarios del autor de los “Episodios Nacionales”. En efecto, Ramón Álvarez ha sido enviado a la guerra en el año 1898 por su padre, un hombre de negocios de éxito, negándose a comprarle un sustituto que lo reemplazase en las selvas del frente filipino, para que espabile un poco y siente la cabeza.

Vano esfuerzo, pues Ramón se convierte allí, más que en el héroe que su padre espera, en eso que los franceses de hace cien años llamarán “emboscado”. Es decir, alguien que procura ponerse de perfil en el servicio de combate. Tanto que a veces ni siquiera lleva el uniforme azul horizonte llevado por miles de cadáveres que llenan el centro de Europa entre 1914 y 1918.

Ramón Álvarez, en efecto, se dedica a todo menos a combatir a los yankees y a los tagalos, buscando aprovecharse de la situación, dando tumbos de aquí para allá hasta que acaba, tras el fin de la guerra, en China. Va allí en compañía de otro aventurero trapisondista como él, Luis Garrea, que, también como él -y miles de occidentales y japoneses-, cree que el agonizante imperio chino puede ser la tierra de las oportunidades.

Es así como Ramón acaba metido en un turbio asunto de robo de antigüedades chinas que levanta el telón del trasfondo histórico, real -descrito con tanta veracidad en “Los últimos días del Imperio Celeste” que a veces parece pura y simple crueldad-, de la China de 1900, que, en un último esfuerzo, se alza contra los “kuei tseu”. Los demonios colorados, los extranjeros, fundamentalmente europeos, que han conseguido, con su superior tecnología, poner de rodillas a ese imperio que, como nos señala con buen criterio y mejor documentación David Yagüe, se considera el centro del Mundo.

Arrollado por esos hechos, Ramón empezará un viaje iniciático que lo va a llevar muy lejos del punto en el que ha empezado, convirtiéndolo en una persona también muy distinta, forjada en medio de los turbulentos acontecimientos que han pasado a la Historia como la “Rebelión de los boxers”.

Así Ramón se cruzará con el señor Cólogan, el embajador español en Pekín en ese año 1900 que, como recordaba Javier Sanz -uno de los pocos historiadores que ha tratado de sacarlo del olvido- en su blog “Historias de la Historia”, es poco menos que ninguneado en “55 días en Pekín”. Para empezar siendo cambiado su nombre por otro que nada tiene que ver con el verdadero del hombre que estaba allí, en Pekín, representando a España en 1900, en aquel volcán que es la China de la rebelión de los boxers.

No es ese el único encuentro que tiene Ramón. Ha llegado a la embajada española perseguido por, en efecto, un turbio asunto de tráfico de antigüedades en el que están interesados todos los tipos habituales en la China de 1900.

Es decir, desde funcionarios de la decadente corte imperial, boxers, chinos que quedan al margen de esos asuntos a la espera de acontecimientos futuros que se prolongarán hasta la Segunda Guerra Mundial -y, de hecho, hasta la actualidad-, hasta, sobre todo, diplomáticos europeos. Principalmente británicos y estadounidenses. Todo eso llevará a Ramón Álvarez a relacionarse con otros personajes de esas nacionalidades con los que compartirá una serie de aventuras dignas sino de la versión china de esos hechos -la del premio Nóbel Mo Yan también recientemente publicada-, sí de “55 días en Pekín”.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Hay así en el camino de Ramón Álvarez misioneros como el matrimonio Liddle, formados por una fogosa y temperamental irlandesa y un equivalente británico de Ramón Álvarez. Es decir, un hijo de buena familia demasiado aventurero y audaz que ha acabado en el Ejército y de ahí, dando tumbos, en ese territorio fronterizo que es la China de 1900, tan turbulento que sólo puede estar lleno de oportunidades para gentes tan temerarias como él. Tanto que, como Álvarez, también está metido, en secreto, en el trafico de antigüedades chinas expoliadas por personajes de alto rango europeos, que ven aquella China imperial moribunda como un coto de caza particular.

Junto a los Liddle, Álvarez irá encontrándose con muchos otros. Desde personajes históricos con un papel muy destacado en la rebelión de los boxers como la emperatriz china Ci-Xi y el príncipe Tuan o el embajador alemán Von Klemens, hasta otros personajes ficticios que, sin embargo, como los Liddle, retratan muy bien aquella China a punto de sufrir una gigantesca convulsión, una transformación tan profunda como la que Europa sufrirá catorce años después con la Primera Guerra Mundial: el viejo traficante Lao Chiang, mentor de Álvarez y sus compañeros en las aventureras que les suceden en medio de aquella vorágine, el perverso bóxer Liu Han, encarnación de todo lo que provoca la rebelión de ese mismo nombre, el mandarín Kong Dao, que explica esa misma Historia desde el punto de vista del fracasado partido reformista chino, que trata, como bien explica la narración de David Yagüe, de hacer en China lo mismo que se había hecho del Japón del emperador Meiji, aventureros salidos del declinante “Salvaje Oeste”, como William Morgan, que, como Ramón Álvarez -o James Liddle- también ha llegado a China en parte por fascinación hacia ese exótico país tras casarse, y enviudar, de una china, como muchas otras enviadas a construir el ferrocarril para el que trabaja como pistolero Morgan, y un largo etc… que los lectores irán descubriendo por si mismos.

Todos ellos, en cualquier caso, son piezas que encajan en un conjunto que dibuja, con bastante exactitud, la China que desaparece engullida bajo la rebelión de los boxers que, como se deja ver en las páginas de esta novela, es la perfecta excusa para que las potencias europeas acaben de lanzar sobre ese imperio moribundo sus últimos y más certeros zarpazos.

Todo eso -y probablemente más- es lo que sacarán los que lean “Los últimos días del Imperio Celeste”.

¿Hay algo que no encontrarán en esas páginas y tal vez deberían encontrar?. Hilando muy fino se puede señalar que David Yagüe no termina de deshacerse del turbio complejo de inferioridad -ese “canon idiota” del que a veces se ha hablado en “La novela antihistórica”- tan inherente, al menos hasta ahora, a la novela histórica y “bestseller” española.

En efecto, Cólogan aparece en “Los últimos días del Imperio Celeste”, es revindicado por su verdadero apellido y más allá del relativamente triste papel que se le reserva en “55 días en Pekín”, pero, sin embargo, David Yagüe no acaba de darle todo el papel que hubiera merecido. Por ejemplo subrayando más, como si se hace en el artículo que Javier Sanz dedicaba a este personaje en “Historias de la Historia”, que Cólogan era el decano de los embajadores europeos en Pekín y que tiene un ascendiente sobre la corte imperial china que no tienen otros representantes diplomáticos allí presentes en 1900. Como el alemán Von Klemens que, sin embargo, disfruta de mucho más papel en la novela.

De hecho, en “Los últimos días del Imperio Celeste” no se recuerda con suficiente claridad que la decisión de resistir en el barrio de las legaciones en lugar de tratar de huir de Pekín antes de que estalle la rebelión bóxer, fue impuesta -no sugerida como se veía en la película- por Cólogan en su calidad de decano del cuerpo diplomático en Pekín, alegando que sería un suicidio intentar llegar hasta la costa, saliendo al encuentro de las tropas aliadas que vienen en su socorro. Hecho señalado hace ya bastantes años por Fernando Gómez de Val en un artículo sobre el tema publicado en la revista “Historia y Vida” en 1988.

Igualmente David Yagüe, y en esto coincide con Javier Sanz, se deja llevar por el que podríamos llamar “Mito del 98”, que siempre conduce a deducir que la derrota en Cuba y Filipinas ha dejado completamente fuera de juego a España a nivel internacional.

Algo que se desmiente con sólo revisar la correspondencia diplomática de colegas de Cólogan en la fecha. Por ejemplo, del destinado en Londres, aparentemente el centro del poder internacional en la fecha. El donostiarra Fermín Lasala y Collado, que revela a Madrid que Gran Bretaña en esos momentos -por así decir- ha agarrado más de lo que puede, enfangándose en la larga e inacabable guerra del Transvaal en la actual Sudáfrica. Trampa internacional que en esos momentos llevaba a Gran Bretaña a una extraordinaria amabilidad hacia España, tratando de resarcirla por haberla dejado abandonada frente a Estados Unidos en 1898.

Una actitud poco conocida, pero no por eso menos cierta, menos históricamente comprobable, que se concreta en la decidida apuesta española de rehacer su imperio colonial en África, precisamente desarrollando una alianza con una Gran Bretaña más que dispuesta a tener un aliado contento en la zona y, por si acaso, a espaldas de Francia.

Algo que alienta proyectos nada descabellados como el que sugiere ese mismo embajador en Londres en 1900: enviar a Taku, a la costa china, al Carlos V -uno de los más poderosos acorazados de la época- para dar a España un papel preeminente en las negociaciones que iban a seguir a la derrota boxer y que, en realidad, dada la influencia de Cólogan en la China pre y postboxer, como indicaba Javier Sanz en su artículo, era, en principio, un gesto de fuerza eficaz pero, quizás, superfluo.

Sin embargo, pese a la falta de detalles como estos -quizás todavía demasiado especializados- en “Los últimos días del Imperio Celeste”, no se puede pedir más a la novela de Yagüe. Hay que constatar, porque es justo constatarlo, que ya ha hecho bastante consiguiendo escribir y publicar una novela que en Inglaterra, Francia o Estados Unidos es perfectamente normal y que en España, para nuestra desgracia, ha sido hasta ahora una verdadera rareza.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Sólo queda, pues, acabar deseando mucha suerte al autor y muchos años por delante para escribir muchas novelas que hagan de “Los últimos días del Imperio Celeste” un buen comienzo de una buena carrera literaria.

 

La reseña original.

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