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Cinco libros para adentrarse en la rebelión bóxer

 

Llevo bastantes meses pesando en realizar esta entrada en donde exponeros en unos pocos libros una pequeña bibliografía básica para adentrarse en el apasionante mundo del levantamiento bóxer (1900), un asunto que en España está muy poco tratado. Además de haber utilizado algunas monografías generales de historia de China (como por ejemplo, las de John King Fairbank o la de Patrici Buckley Ebrey, publicada en la Esfera de los Libros), si tuviera que recomendaros cinco libros útiles esto serían los elegidos:

The Origins of the Boxer Uprising, de Joseph W. Esherick (University of California Press, 1987): EL libro para entender en detalle quiénes eran los bóxer, de dónde venían y su evolución hasta el verano de 1900 en el que saltaron a las primeras planas de la prensa mundial. Desde su extracción social, sus creencias religiosas, sus disputas con los cristianos, etc. Es completísimo y da una visión mucho más compleja de esta sociedad secreta  de la que obviamente pude transmitir en la novela.

The boxer rebellion, de Diana Preston (Berkley Books, 2000). Uno de los muchos libros que hay sobre la rebelión bóxer centrándose fundamentalmente en el cerco que sufrió el Barrio de las Legaciones de Pekín, entre junio y agosto (sí, los famosos 55 días de la película). Es bastante ameno y lleno de anécdotas jugosas.

Sombras chinescas, de Luis de Valera (Nausícaa, 2004). Durante las presentaciones del libro siempre busco un hueco para recordar la presencia española (real, con el ministro Bernardo de Cólogan, y ficticia, con Ramón Álvarez) en aquel conflicto. Este bonito libro de viajes es la experiencia del diplomático Luis de Valera, enviado desde Madrid para dar apoyo al embajador español en Pekín: recorrió el norte del país durante aquel agosto de 1900 y dejó un relato lleno de anécdotas y descripciones sorprendentes. Para mi, resultó esclarecedor para ver cómo veían los contemporáneos aquel conflicto.

Manchúes, fundadores del imperio Qing, de Pamela Kyle Crossley (Ariel, 2002). Un libro breve y académico sobre la dinastía Qing y su reinado sobre China. Aunque la rebelión bóxer sólo sale citada de pasada al final, es interesante para hacernos una idea de dónde venía el país y cuáles fue la evolución de los gobernantes de aquel país.

Cixí, la emperatriz, de Jung Chang (Taurus, 2014). Lamentablemente este libro salió mucho más tarde de que yo me documentara para la novela, pero es una biografía (a pesar de algunos excesos para limpiar su figura) muy rica de este personaje fundamental en la historia de la rebelión bóxer y de la China contemporánea. Muestra a la perfección las luces, las sombras y su papel en el levantamiento bóxer de la emperatriz. En la novela aparece como un personaje secundario. Aquí tenéis una reseña que escribí para Best Seller Español del libro.

 

Y hasta aquí estas recomendaciones. Por supuesto, podría deciros más de los que he utilizado, pero creo que con esas cinco lecturas podríais haceros una idea bastante profunda de aquel hecho histórico (los más específicos, obviamente son los dos primeros). Me dejo en el tintero, además de las ya citadas historias generales, libros de testimonios o los siempre agradables libritos de Osprey sobre historia militar (que para este hecho tiene dos: uno de la campaña y otro de uniformes).

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Cixí, la emperatriz, de Jung Chang

Hola a todos, os dejo una reseña que hice este verano para Best Seller Español sobre una biografía muy al hilo de este blog y Los últimos días del imperio celeste: Cixí, la emperatriz, de Jung Chang (Taurus, 2014). Un libro que ya me habría gustado tener cuando escribí la novela y, que os interesa la historia de China del siglo XIX y XX, os recomiendo sin dudar.

 

La historia de China, poco conocida en nuestras latitudes y muchas veces reducida a un interés por lo exótico o lo folclórico, posee épocas tan fascinantes como el siglo XIX y personajes tan dignos de estudio como la emperatriz Cixí (1835-1908).

Algunos de vosotros, como el que escribe, quizá descubristeis a este personaje en la película 55 días de Pekín (tan licenciosa como entretenida y cinematográfica). En mi caso, después pasé tiempo leyendo sobre ella para la preparación de mi segunda novela Los últimos días del imperio celeste y allí ya descubrí a un personaje histórico arrebatador. Lástima, que en la preparación de aquel libro, no hubiera tenido en mis manos esta interesanteCixí, la emperatriz. La concubina que creó la China moderna (Taurus, 2014), de Jung Chang.

La escritora, autora de Cisnes Salvajes (Circe) y Mao (Taurus), se adentra en la difícil misión de rescatar a esta emperatriz viuda que rigió durante décadas, sin tener en realidad el derecho a gobernar, el destino del imperio chino. Chang no oculta su intención de eliminar la muy negativa visión que la historiografía de la China comunista, como los historiadores occidentales, arrojaron sobre esta mujer.

La labor no es fácil y la labor documental parece, por las notas y citas, monumental (es de agradecer la mezcla de fuentes de la época occidentales y chinas, ya que crean una visión muy completa). A pesar de que a la autora, de vez en cuando, se desliza por la peligrosa senda de crear una visión demasiado ejemplar del personaje para borrar su leyenda negra, Cixí, como personaje histórico, se eleva como una gran mujer desde muy diferentes prismas: tradicional, pero comprometida con la modernización de su pueblo; sensible, pero terriblemente vengativa; orgullosa y, en ocasiones, trágicamente impetuosa.

Su peripecia, desde su entrada como concubina del emperador, su ascenso político, su viudedaz, sus mandatos, su papel en los conflictos con los extranjeros (como la rebelión bóxer) y las reformas democráticas que inició poco antes de morir, ofrecen, además, un fresco vigoroso de la China del siglo XIX y principios del XX, de la corte manchú en sus últimas décadas de vida y las vivencias de una nación en su intento de modernizarse sin perder la cultura que le hacía única.

Es también, una lectura amena, apasionada, pues en sus páginas hay guerras, hay amor por los hijos, por los amigos, confidencias, conspiraciones, traiciones…

Una biografía muy interesante, bien narrada y documentada, sobre un personaje fascinante, que fue elegida como uno de los mejores libros de No ficción de 2013 por The New York Times. Una historia para adentrarse en la Ciudad Imperial de Pekín y descubrirla en todo su esplendor pasado.

Nota:  Si ha alguien ha interesado la historia de Cixí, pero prefiere un tratamiento más novelesco, la escritora china-estadounidense Anchee Min noveló su vida en dos partes La ciudad prohibida y La última emperatriz, publicadas en España por DeBols!sillo. Personalmente, yo recomendaría el libro de Chang.

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La novela antihistórica: “El autor se merece un aplauso, una cerrada ovación”

novelantihistorica

 

Hoy os dejo una reseña que, la verdad, me sorprendió por lo positiva y por la valoración que hace de las intenciones de la novela y su ambientación. La verdad, uno se queda sin palabras, pero feliz, cuando lee cosas como esta, que ha escrito Carlos Rilova Jericó en el blog La novela antihistórica. Gracias.

Quizás sea una exageración decir que los lectores españoles han tenido que esperar 55 años para que, al fin, se publicase una novela como la de David Yagüe.

Llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

O tal vez no. Si contamos bien desde que se realizó, en España, y se estrenó, la película que es la inmediata referencia de esa novela, la apabullante “55 días en Pekín”, casi son los años, 55, que han pasado desde que esa película, para asombro de propios y extraños, contaba en pleno Tardofranquismo que España -oh sorpresa- había estado metida en magnas aventuras internacionales como las que salían en las películas del Hollywood que algunos llaman de la “Era dorada” y de las que esa película, “55 días en Pekín”, es una buena muestra.

Pues sí, desde entonces todo ha sido -o casi- silencio sobre las escasas escenas de esa película en las que resulta que aparece una legación española en Pekín, con su bandera roguigualda, su himno y hasta un apócrifo embajador español que aconseja a David Niven -interpretando al embajador británico en Pekín- sobre lo que hay que hacer ante la inminente rebelión de los boxers.

Y si no ha habido silencio, ha habido toda clase de especulaciones acerca de la razón para que apareciesen tales cosas en un contexto tan extraño para ellas como una película de aventuras del Hollywood clásico.

Incluso que eso -lo de la bandera, el himno, el embajador español codeándose con los de otras potencias europeas- era sólo una concesión al país, España, que había puesto escenarios, estudios y mano de obra barata para que se rodase esa película ya mítica.

Hasta este año 2014 poco más sensato se ha dicho. Se ha escrito algún que otro artículo, se ha hecho mención al asunto en alguna tesis doctoral, incluso se ha escrito algún que otro relato -“En la ciudad imperial de Pekín (1900)”https://lacoleccionreding.wordpress.com/2012/10/18/se-puede-hacer-mejor-7/– que no ha salido del aún mal aceptado mundo digital.

Por lo demás, por lo que respecta al tema de España y la rebelión de los boxers, para el gran público, ese que consume cultura a través de las grandes superficies y siguiendo el dictado de las grandes empresas del sector, ese país no pintaba nada en el asunto y, sí, seguramente, lo que se veía en “55 días en Pekín” era sólo una fantasía urdida por los productores para halagar la vanidad del país -aquel país tan peculiar, aquella democracia orgánica que empezaba a saber lo que eran un bikini, los Beatles, los Ye-Yés, etc…- que les ofrecía marcos incomparables, estudios también más o menos incomparables y, sobre todo, mano de obra barata y costes muy reducidos gracias al diferencial entre su moneda y las divisas manejadas por Hollywood.

Así las cosas, ha habido que esperar a que un nacido en plena España de la Transición llegase a las puertas del gran negocio editorial español, llamase a ellas, se las abriesen en lugar de echarlo a patadas por la puerta de servicio y así perpetrase la hazaña, gran hazaña, de escribir una novela en la que, blanco sobre negro, se informa al gran público de que no, de que es absolutamente verídico, un hecho histórico comprobable, que España tenía una legación en el Pekín imperial de 1900, junto a la de Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos…, con su bandera, su embajador y todo lo demás que los boxers querían destruir.

Sólo por eso David Yagüe, el autor de la hazaña literaria en cuestión, titulada “Los últimos días del Imperio Celeste”, se merece un aplauso. Incluso una cerrada ovación.

Y, por supuesto, que los lectores se tomen como un deber comprar, leer y recomendar esa primera novela histórica de David Yagüe.

Más que nada porque, de momento, ese es un tesoro verdaderamente difícil de encontrar en el mercado literario español.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

En efecto, “Los últimos días del Imperio Celeste” ofrece de manera amena pero, en general, bien documentada, una información verdaderamente valiosa para unos lectores -los españoles- que -no nos engañemos- desconocen todo sobre un episodio apasionante de su Historia reciente que, en efecto, está a la altura de cualquier cosa que nos pueda contar Hollywood.

Las aventuras de Ramón Álvarez, el protagonista de “Los últimos días del Imperio Celeste” en la caliente China de la primavera y el verano del año 1900, son perfectamente razonables y plausibles. Tanto como lo pueden ser las de cualquier protagonista de una novela anglosajona de las que, hasta la fecha, han tenido colonizado nuestro mercado cultural.

Como descubrirán enseguida los lectores que se aproximen a esta primera -y esperemos que no última- novela histórica de David Yagüe, se trata de un personaje bastante redondo: un niño de buena familia madrileña, del Madrid de Pérez-Galdós que Yagüe tiene la intuición, el buen sentido, de describir, aunque sea con unas leves pinceladas, como una realidad que trasciende a los tópicos literarios del autor de los “Episodios Nacionales”. En efecto, Ramón Álvarez ha sido enviado a la guerra en el año 1898 por su padre, un hombre de negocios de éxito, negándose a comprarle un sustituto que lo reemplazase en las selvas del frente filipino, para que espabile un poco y siente la cabeza.

Vano esfuerzo, pues Ramón se convierte allí, más que en el héroe que su padre espera, en eso que los franceses de hace cien años llamarán “emboscado”. Es decir, alguien que procura ponerse de perfil en el servicio de combate. Tanto que a veces ni siquiera lleva el uniforme azul horizonte llevado por miles de cadáveres que llenan el centro de Europa entre 1914 y 1918.

Ramón Álvarez, en efecto, se dedica a todo menos a combatir a los yankees y a los tagalos, buscando aprovecharse de la situación, dando tumbos de aquí para allá hasta que acaba, tras el fin de la guerra, en China. Va allí en compañía de otro aventurero trapisondista como él, Luis Garrea, que, también como él -y miles de occidentales y japoneses-, cree que el agonizante imperio chino puede ser la tierra de las oportunidades.

Es así como Ramón acaba metido en un turbio asunto de robo de antigüedades chinas que levanta el telón del trasfondo histórico, real -descrito con tanta veracidad en “Los últimos días del Imperio Celeste” que a veces parece pura y simple crueldad-, de la China de 1900, que, en un último esfuerzo, se alza contra los “kuei tseu”. Los demonios colorados, los extranjeros, fundamentalmente europeos, que han conseguido, con su superior tecnología, poner de rodillas a ese imperio que, como nos señala con buen criterio y mejor documentación David Yagüe, se considera el centro del Mundo.

Arrollado por esos hechos, Ramón empezará un viaje iniciático que lo va a llevar muy lejos del punto en el que ha empezado, convirtiéndolo en una persona también muy distinta, forjada en medio de los turbulentos acontecimientos que han pasado a la Historia como la “Rebelión de los boxers”.

Así Ramón se cruzará con el señor Cólogan, el embajador español en Pekín en ese año 1900 que, como recordaba Javier Sanz -uno de los pocos historiadores que ha tratado de sacarlo del olvido- en su blog “Historias de la Historia”, es poco menos que ninguneado en “55 días en Pekín”. Para empezar siendo cambiado su nombre por otro que nada tiene que ver con el verdadero del hombre que estaba allí, en Pekín, representando a España en 1900, en aquel volcán que es la China de la rebelión de los boxers.

No es ese el único encuentro que tiene Ramón. Ha llegado a la embajada española perseguido por, en efecto, un turbio asunto de tráfico de antigüedades en el que están interesados todos los tipos habituales en la China de 1900.

Es decir, desde funcionarios de la decadente corte imperial, boxers, chinos que quedan al margen de esos asuntos a la espera de acontecimientos futuros que se prolongarán hasta la Segunda Guerra Mundial -y, de hecho, hasta la actualidad-, hasta, sobre todo, diplomáticos europeos. Principalmente británicos y estadounidenses. Todo eso llevará a Ramón Álvarez a relacionarse con otros personajes de esas nacionalidades con los que compartirá una serie de aventuras dignas sino de la versión china de esos hechos -la del premio Nóbel Mo Yan también recientemente publicada-, sí de “55 días en Pekín”.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Hay así en el camino de Ramón Álvarez misioneros como el matrimonio Liddle, formados por una fogosa y temperamental irlandesa y un equivalente británico de Ramón Álvarez. Es decir, un hijo de buena familia demasiado aventurero y audaz que ha acabado en el Ejército y de ahí, dando tumbos, en ese territorio fronterizo que es la China de 1900, tan turbulento que sólo puede estar lleno de oportunidades para gentes tan temerarias como él. Tanto que, como Álvarez, también está metido, en secreto, en el trafico de antigüedades chinas expoliadas por personajes de alto rango europeos, que ven aquella China imperial moribunda como un coto de caza particular.

Junto a los Liddle, Álvarez irá encontrándose con muchos otros. Desde personajes históricos con un papel muy destacado en la rebelión de los boxers como la emperatriz china Ci-Xi y el príncipe Tuan o el embajador alemán Von Klemens, hasta otros personajes ficticios que, sin embargo, como los Liddle, retratan muy bien aquella China a punto de sufrir una gigantesca convulsión, una transformación tan profunda como la que Europa sufrirá catorce años después con la Primera Guerra Mundial: el viejo traficante Lao Chiang, mentor de Álvarez y sus compañeros en las aventureras que les suceden en medio de aquella vorágine, el perverso bóxer Liu Han, encarnación de todo lo que provoca la rebelión de ese mismo nombre, el mandarín Kong Dao, que explica esa misma Historia desde el punto de vista del fracasado partido reformista chino, que trata, como bien explica la narración de David Yagüe, de hacer en China lo mismo que se había hecho del Japón del emperador Meiji, aventureros salidos del declinante “Salvaje Oeste”, como William Morgan, que, como Ramón Álvarez -o James Liddle- también ha llegado a China en parte por fascinación hacia ese exótico país tras casarse, y enviudar, de una china, como muchas otras enviadas a construir el ferrocarril para el que trabaja como pistolero Morgan, y un largo etc… que los lectores irán descubriendo por si mismos.

Todos ellos, en cualquier caso, son piezas que encajan en un conjunto que dibuja, con bastante exactitud, la China que desaparece engullida bajo la rebelión de los boxers que, como se deja ver en las páginas de esta novela, es la perfecta excusa para que las potencias europeas acaben de lanzar sobre ese imperio moribundo sus últimos y más certeros zarpazos.

Todo eso -y probablemente más- es lo que sacarán los que lean “Los últimos días del Imperio Celeste”.

¿Hay algo que no encontrarán en esas páginas y tal vez deberían encontrar?. Hilando muy fino se puede señalar que David Yagüe no termina de deshacerse del turbio complejo de inferioridad -ese “canon idiota” del que a veces se ha hablado en “La novela antihistórica”- tan inherente, al menos hasta ahora, a la novela histórica y “bestseller” española.

En efecto, Cólogan aparece en “Los últimos días del Imperio Celeste”, es revindicado por su verdadero apellido y más allá del relativamente triste papel que se le reserva en “55 días en Pekín”, pero, sin embargo, David Yagüe no acaba de darle todo el papel que hubiera merecido. Por ejemplo subrayando más, como si se hace en el artículo que Javier Sanz dedicaba a este personaje en “Historias de la Historia”, que Cólogan era el decano de los embajadores europeos en Pekín y que tiene un ascendiente sobre la corte imperial china que no tienen otros representantes diplomáticos allí presentes en 1900. Como el alemán Von Klemens que, sin embargo, disfruta de mucho más papel en la novela.

De hecho, en “Los últimos días del Imperio Celeste” no se recuerda con suficiente claridad que la decisión de resistir en el barrio de las legaciones en lugar de tratar de huir de Pekín antes de que estalle la rebelión bóxer, fue impuesta -no sugerida como se veía en la película- por Cólogan en su calidad de decano del cuerpo diplomático en Pekín, alegando que sería un suicidio intentar llegar hasta la costa, saliendo al encuentro de las tropas aliadas que vienen en su socorro. Hecho señalado hace ya bastantes años por Fernando Gómez de Val en un artículo sobre el tema publicado en la revista “Historia y Vida” en 1988.

Igualmente David Yagüe, y en esto coincide con Javier Sanz, se deja llevar por el que podríamos llamar “Mito del 98”, que siempre conduce a deducir que la derrota en Cuba y Filipinas ha dejado completamente fuera de juego a España a nivel internacional.

Algo que se desmiente con sólo revisar la correspondencia diplomática de colegas de Cólogan en la fecha. Por ejemplo, del destinado en Londres, aparentemente el centro del poder internacional en la fecha. El donostiarra Fermín Lasala y Collado, que revela a Madrid que Gran Bretaña en esos momentos -por así decir- ha agarrado más de lo que puede, enfangándose en la larga e inacabable guerra del Transvaal en la actual Sudáfrica. Trampa internacional que en esos momentos llevaba a Gran Bretaña a una extraordinaria amabilidad hacia España, tratando de resarcirla por haberla dejado abandonada frente a Estados Unidos en 1898.

Una actitud poco conocida, pero no por eso menos cierta, menos históricamente comprobable, que se concreta en la decidida apuesta española de rehacer su imperio colonial en África, precisamente desarrollando una alianza con una Gran Bretaña más que dispuesta a tener un aliado contento en la zona y, por si acaso, a espaldas de Francia.

Algo que alienta proyectos nada descabellados como el que sugiere ese mismo embajador en Londres en 1900: enviar a Taku, a la costa china, al Carlos V -uno de los más poderosos acorazados de la época- para dar a España un papel preeminente en las negociaciones que iban a seguir a la derrota boxer y que, en realidad, dada la influencia de Cólogan en la China pre y postboxer, como indicaba Javier Sanz en su artículo, era, en principio, un gesto de fuerza eficaz pero, quizás, superfluo.

Sin embargo, pese a la falta de detalles como estos -quizás todavía demasiado especializados- en “Los últimos días del Imperio Celeste”, no se puede pedir más a la novela de Yagüe. Hay que constatar, porque es justo constatarlo, que ya ha hecho bastante consiguiendo escribir y publicar una novela que en Inglaterra, Francia o Estados Unidos es perfectamente normal y que en España, para nuestra desgracia, ha sido hasta ahora una verdadera rareza.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Sólo queda, pues, acabar deseando mucha suerte al autor y muchos años por delante para escribir muchas novelas que hagan de “Los últimos días del Imperio Celeste” un buen comienzo de una buena carrera literaria.

 

La reseña original.

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Cixí, la emperatriz De Jung Chang

Cixi, la emperatriz viuda, es uno de los secundarios reales y de lujo de Los últimos días del imperio celeste. La verdad es que la anciana es un personaje que da mucho de sí y que lamentablemente para los ojos de la historia occidental y de su propio país como una gran villana. Pero no hay que olvidar lo que debió suponer pasar de ser concubina a emperatriz y reinar en aquel momento y lugar. Tiene su mérito.

Casualmente, acaba de salir al mercado una biografía Cixí, la emperatrizde la que hablan maravillas y que da una visión diferente. Yo ya lo tengo en la pila, así que os hablaré de él proximamente. Como anécdota diré, que este libro ha tenido una conexión española (su correctora) con Los últimos días del imperio celeste.

Cixí, la emperatriz

La concubina que creó la China moderna

Jung Chang

La monumental biografía de una de las mujeres más poderosas y transgresoras de todos los tiempos, por la autora que cautivó a los lectores con Cisnes salvajes

Uno de los mejores libros de 2013 según The New York Times

A los dieciséis años, Cixí fue elegida una de las numerosas concubinas del emperador. Pasó entonces a vivir en la Ciudad Prohibida de Pekín, rodeada de eunucos —de uno de los cuales se enamoraría más tarde, con consecuencias trágicas—, y su astucia le permitió no sólo sobrevivir en la corte sino también escalar posiciones hasta convertirse, tras el nacimiento de su hijo, en segunda consorte. Cuando el emperador murió en 1861, el hijo de ambos, de cinco años, le sucedió en el trono, y Cixí puso en marcha un golpe de Estado contra los regentes propuestos por su marido y tomó así el mando de China.

La emperatriz viuda transformó un imperio medieval dándole los atributos de un Estado moderno: industria, ferrocarril, electricidad y un ejército provisto de lo último en armamento. Abolió castigos tan horribles como la «muerte por mil cortes», puso fin al tradicional vendado de pies y dio los primeros pasos hacia la liberación de la mujer.

Apoyándose en fuentes hasta hoy desconocidas, Jung Chang, autora de la aclamada novela Cisnes salvajes, no sólo da cuenta magistralmente del astuto y valiente manejo de la política por parte de Cixí, sino que también traslada al lector a los rincones de su espléndido Palacio de Verano y al harén de la Ciudad Prohibida de Pekín y describe con todo lujo de detalles un mundo, mezcla de tradición y modernidad, que hoy resulta casi increíble.
La crítica ha dicho…

«Cautivadora. Lo que resulta tan provocador de la lectura de esta nueva biografía son las similitudes entre los desafíos que afrontó la corte Qing hace un siglo y los que afronta hoy el Partido Comunista chino. Una historia tan relevante como evocadora.»
Orville Schell, The New York Times

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